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miércoles 28 de septiembre de 2022

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“Sólo quería ser buen médico”

Luis De la Fuente. Riojano, pionero de la cardiología intervencionista en el país, rescata a diario de la muerte a pacientes famosos y anónimos.
Tiene la mirada mansa de un hombre bueno y sus cuidadas manos no muestran dedos largos y finos, como los suelen tener los cirujanos. Sin embargo, ha salvado y salva miles de vidas en los quirófanos del país y del extranjero. Allí se calza el barbijo como escudo y usa por lanza ese catéter con el cual explora las arterias coronarias de pacientes famosos y anónimos. Sabe alargar la vida en las fronteras mismas de la muerte, y transmitirles a sus pacientes serenidad y contención mientras los opera con una técnica cada vez más sofisticada y difundida, casi sin que lo adviertan. Gerardo Sofovich, su hombre récord con 13 stents y el implante de un desfibrilador, encabeza una lista que incluye a Carlos Menem, Fernando De la Rúa, Palito Ortega, Beto Casella, Fernando Niembro, Roberto Perfumo y el Conejo Tarantini, entre tantos y tantos otros.

Luis De la Fuente, médico, riojano, 75 años, especializado en cardiología intervencionista, dueño de una excelente reputación en el país y en el mundo, empezó haciendo guardias, como cualquier colega. En su caso fue en el Hospital Fernández, cuando ni siquiera se había recibido. Eran los tiempos en los que su sueño era mesurado. «Sólo quería ser un buen médico», dirá hoy de aquella época. Pasa más tiempo en los aviones, los congresos y los quirófanos que con su familia y sus amigos. De bajo perfil y una vitalidad que desafía el almanaque, prefiere sentirse reconocido por sus colegas y respetado por su autoridad en el arte de bucear cerca de los corazones desfallecientes a través de los catéteres y la colocación de miles de stents coronarios desde que implantó los tres primeros en la Argentina, en 1987. Los stents son esas milimétricas endoprótesis que desbloquean las arterias que rodean el corazón con un procedimiento mínimamente invasivo. Ese desarrollo ha desplazado ya a las megacirugías a corazón abierto que hicieron famoso con la técnica del by pass a René Favaloro, su ya fallecido amigo y en su momento socio en el Sanatorio Güemes.

Nació en un hogar de clase media acomodada de la capital riojana. Su madre, Marina Carrizo del Moral, además del amor y una buena crianza, le dejó frases que aún hoy no olvida. Doña Marina juntaba a los cinco hijos y empezaba la siembra de sus personalidades: «No olviden que ninguno es mejor que ustedes, a lo sumo igual, pero nunca mejor». El padre, Luis Mansueto De la Fuente, fue abogado y juez federal. «Mansueto es nombre y hasta donde sé, así se llamaron mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre», explica sobre la genealogía familiar.

Precoz y ávido lector, dio sexto año libre en el Colegio Nacional de La Rioja. En el Colegio Militar de la Nación, su primera exploración en Buenos Aires, duró un año y poco más. Pronto se dio cuenta que en la vida cuartelera poco importaba que fuese el hijo de un juez federal y pasó a ser número puesto para el calabozo. A fuerza de sanciones, aprendió la noción de autoridad, que le serviría cuando, como joven médico, emigró a perfeccionarse en EE.UU. y consiguió ingresar al Saint Vincents Hospital, en Portland, Oregon: «Allá se respeta al jefe», dice quien ha armado un equipo de trabajo de vanguardia en el país con los cardiólogos Julio Argentieri y Eduardo Peñaloza.

Pasa más tiempo en los quirófanos y los congresos que con su familia y sus amigos.

En una familia de abogados y jueces, él abrazó la medicina: «Es el bruto de la familia», lo azuzaba el padre. Puso a prueba su vocación y salió fortalecido: cuando en Portland vio operar al cirujano Harvey Baker, y mover sus ágiles dedos usando ambas manos a la velocidad del rayo, comprendió que ese arte no era el suyo. Lo rescató de la desolación el consejo del doctor Brill («Un grande», lo define): le dijo que se preparaba para el futuro, el cateterismo cardíaco y la angiocardiografía, que entonces estaba en pañales. En Seattle revalidó su título profesional y fue su primera batalla grande ganada a fuerza de saber y audacia. Corría 1960 y fue el único aprobado entre 58 médicos extranjeros que se presentaron a la reválida. Y no paró hasta hoy, cuando ya avanza en el revolucionario uso de las células madre, que el Incucai rechaza.

En uno de sus retornos a La Rioja, para la Navidad de 1965, quedó deslumbrado con una rubia de esbeltez y belleza admirables. Era María Inés Fitte. «Si me da bola, me caso», se dijo cuando aún no tenía 30 años. Los presentó Carlos Menem y en 1966 se casaron. «Me tiene cortito», reconoce el cardiólogo de fama y pergaminos por doquier. Su esposa no le permite muchas claudicaciones ni con la buena mesa ni con el buen vino. Desde entonces están juntos y ya rozan las Bodas de Oro. Tienen dos hijos, Héctor, periodista especializado en medicina, y Facundo, dedicado al polo y a los caballos. Ninguno de ellos se llama «Luis Mansueto De la Fuente». Se diría que su padre es único.